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TU SAVIA DE SUEÑOS
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TU SAVIA DE SUEÑOS
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PASOS EN LA NIEBLA
Un viaje a contraluz del pensamiento
al lóbrego universo de la bruma.
HIJO, ME DUELES Y TE ESPERO
A la orilla del alba, amor, te
espero
como al sol redentor de las tinieblas, crepúsculo con lluvia en mis ojos cegados por la visión feliz perdida en la vorágine del mundo.
Me dueles
en el hueco vacío de mi entraña. Arrancaron tu néctar con los fórceps brutales de una nefasta moda; experiencia suicida que te empuja al ocaso, al paraíso-puerta del infierno.
Abrasas
tus alas invencibles en mortecinas perfumadas velas que incineran laureles; pasaje a un mal futuro por un presente absurdo y alevoso.
Me dueles
cuando veo los surcos violáceos de tus ojos y la blanca ceniza de tu piel, cuando vuelves ajado de explorar los siniestros rincones de la orgía y traes en la mirada los negros recovecos de la noche.
Suplico
que la armonía pueble tus íntimas moradas, que no te arrase el viento enfebrecido y en el turbión te ahoguen cenagosas corrientes, que el plazo no se acabe y te destruya.
Me dueles y te espero a la orilla
del alba.
Veo al sol levantarse indiferente tras los enormes bloques insensibles; deseo que se eleve tu sensitivo sol y su luz permanezca en tu camino. |
| La Escarcha
Nace clemente gota de rocío
destilada en bondad, lluvia temprana para saciar la sed de flor lozana, consumida, agostada en el estío.
Amanecer helado, cruel, sombrío,
irracional incomprensión humana, cambia en Judas a la Samaritana, congela al corazón sano y bravío.
Como escarcha, la esfera bienhechora
que aprisiona el cristal, con gran dolor da el beso inevitable a quien adora.
Desvalida, turbada, sufre y llora,
porque, en la frialdad, su amada flor muere aterida al despuntar la aurora |
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ME CLAVAS MIL PUÑALES CADA NOCHE
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Laberinto de hierro y de cemento
circunda tu figura arrebatada,
perdida en las aristas de sus ángulos.
Una pregunta daña mi cerebro,
martillea el silencio lapidario:
¿Dónde estás? ¿Dónde estás?
La ciudad se agiganta ante mis ojos,
¡crece!, ¡crece!, se agranda con mi angustia,
me inunda, me desborda, me derrama.
Te imagino indefenso, hastiado, solo,
sumergido en la masa informe, extraña.
¿Dónde estás? ¿Cómo estás?
El teléfono yace mudo, esquivo,
falta esa voz cordial que tranquiliza.
Podría interrogar al orbe entero
dónde estás esta noche del desvío.
¡Sé la respuesta fácil desde el hielo!.
¿Cómo estás? Si es que estás...
Merodea la duda tenebrosa
y se instala en mi barro aterecido.
El temor se apodera de mi mente
sintiendo al monstruo urbano con farolas
de palidez letal, ¡que crece y crece!.
Si es que estás... ¿Dónde estás?
La ciudad alienígena te abraza,
me ahoga el desamparo de sus brazos.
El vértigo del pánico aúlla, ruge,
y una furia interior encadenada
me golpea incesante y me destruye.
¿Dónde estás? ¿Cómo estás?
Son millones los tontos visionarios
que buscan luz de sol en las luciérnagas,
torpe fauna temblando en las esquinas,
despojos de corceles extraviados
que en ficticios parajes se extasían.
¿Cómo estás? Si es que estás...
Joven muerte avizora por las calles,
viles encrucijadas geométricas.
Oigo un fragor de coches que recorren,
con su carga de espectros sepulcrales,
los túneles a riesgos seductores.
Si es que estás... ¿Dónde estás?
Y yo espero, espero tu llegada,
o acaso espero el día del dolor,
y por los muros gruesos, sofocantes,
desciende irracional turbia alborada
pariendo lejanías, soledades.
¿Dónde estás? ¿Cómo estás?
Sigue la inmensidad incontrolable,
sigue la frialdad de la materia,
sigue este laberinto, este hormiguero
que me atrapa, hijo amado, y me atenaza
la impotencia, el martirio, el desaliento
de este vivir así, sin saber nada.
¿Cómo estás? ¿Dónde estás? Y si es que estás...